Personajes ilustres de nuestra historia: Gonzalo Fernández de Córdoba

21 05 2011

Gonzalo Fernández de Córdoba nació en Montilla (Córdoba) el 1 de septiembre de 1453. Fue el segundo hijo del noble caballero Pedro Fernández de Aguilar, V Señor de Aguilar de la Frontera y de Priego de Córdoba, y de Elvira de Herrera y Enríquez, hija de Pedro Núñez de Herrera, señor de Pedraza y de Blanca Enríquez de Mendoza, quien fue hija de Alonso Enríquez, Almirante de Castilla (hijo de Fadrique Alfonso de Castilla) y de Juana de Mendoza.

A la muerte de su padre, Gonzalo y su hermano mayor, conocido como Alonso de Aguilar o Alfonso Fernández de Córdoba, se criaron en Córdoba al cuidado del prudente y discreto caballero Don Pedro de Cárcamo. Siendo niño fue incorporado al servicio del príncipe Alfonso, hermano de la luego reina Isabel I de Castilla como paje y, a la muerte de éste, pasó al séquito de la princesa Isabel. La hermana de ambos cordobeses, conocida con el nombre de Leonor de Arellano y Fernández de Córdoba, casó con Martín Fernández de Córdoba, Alcaide de Los Donceles.

Fiel a la causa isabelina, Gonzalo inició la carrera militar que le correspondía a un segundón de la nobleza en la Guerra de Sucesión Castellana y en la de Granada, donde sobresalió como soldado en el sitio de Tájara y la conquista de Íllora. Espía y negociador, se hizo cargo de las últimas negociaciones con el monarca nazarí Boabdil para la rendición de la ciudad a principios de 1492.

En recompensa por sus destacados servicios, recibió una encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Órgiva, provincia de Granada, y determinadas rentas sobre la producción de la seda granadina, lo cual contribuyó a engrandecer su fortuna.

De su matrimonio con María Manrique de Lara y Figueroa, tuvo una hija y única heredera.

Pero Gonzalo Fernández de Córdoba ha pasado a la historia sobre todo por su destacada actuación en la campaña de Italia.

En 1494 falleció el rey Fernando I de Nápoles, hijo de Alfonso V de Aragón, y fue proclamado rey su hijo Alfonso II de Nápoles.

Carlos VIII de Francia decidió que, para reconquistar los Santos Lugares, debía conquistar los territorios de Italia. Para cubrirse las espaldas, firmó con el rey Fernando un tratado secreto, que, en las cláusulas difundidas, era una alianza contra los turcos, pero, en secreto, era una alianza de amistad entre los dos reinos. Es decir, España no se interpondría a Francia en sus guerras salvo contra el Papa, lo mismo que haría Francia. Pero cuando Fernando descubrió las intenciones de Carlos VIII, actuó hábilmente, considerando a Nápoles un territorio infeudado al Papa, y por lo tanto, de su incumbencia.

Fernando II de Aragón inició entonces una ofensiva diplomática para ayudar a su pariente, consiguiendo la aprobación del Papa de Roma y de Florencia y la neutralidad de Venecia.

En 1495 se convocó a los puertos del Cantábrico y de Galicia para que aportasen naves que debían concentrarse en Cartagena y Alicante, y ponerse a las órdenes de Galcerán de Requesens, conde de Trivento y general de las galeras de Sicilia.

Se reunieron 60 naves y 20 leños, y embarcaron 6.000 soldados de a pie y 700 jinetes. Gonzalo Fernández de Córdoba fue puesto al frente de la expedición.

Salieron a la mar con mal tiempo, y el convoy se dividió en dos. El grupo de vanguardia, el de Requesens, llegó a Sicilia, donde esperó en Mesina la llegada de los transportes con las tropas, que llegaron el 24 de mayo.

Pasó la flota a Calabria, ocupando Regio de Calabria y los pueblos circundantes. El rey de Nápoles, Alfonso, fue derrotado en Seminara. Mientras Fernández de Córdoba maniobraba con gran habilidad y tenía varios éxitos, entre los que se incluían la larga marcha a Atella, Requesens se presentó con sus galeras frente a la ciudad de Nápoles.

El duque de Montpensier, lugarteniente de Carlos VIII, decidió salir de las murallas de la ciudad para evitar el desembarco, y el pueblo de Nápoles, al ver salir a las tropas francesas, se sublevó, teniendo que refugiarse los pocos franceses que quedaban en los castillos Nuevo y del Huevo. Apareció una flota francesa con 2.000 hombres de refuerzo, pero decidió no enfrentarse a Requesens y desembarcó a su gente en Liorna. Montpensier se vió obligado a retirarse hacia Salerno, y Nápoles cayó en poder de los españoles.

Entonces falleció el rey Ferrante II de Nápoles y le sucedió su tío Don Fadrique.

Quedaban en manos francesas Gaeta y Tarento. Requesens organizó dos escuadras, una con cuatro carracas y cinco naos que bloqueó Gaeta, y otra con cuatro naos, una carabela y dos galeras para guardar la costa e interceptar socorros a los franceses. Esta última apresó una nave genovesa con 300 soldados y un cargamento de harina. Los venecianos cooperaron vigilando los puertos de Génova y Provenza.

En las filas francesas se declaró la peste, de la que falleció Montpensier con muchos de sus soldados. Gaeta se vió obligada a capitular, pudiendo llevarse los franceses todas sus pertenencias. Embarcaron hacia Francia, pero un furioso temporal hundió sus naves.

Una vez asegurado el reino de Nápoles para Don Fadrique, Gonzalo Fernández de Cordoba reunió a sus tropas con intención de disolverlas, pero el Papa le pidió que le ayudase. Un tal Menaldo Guerra, corsario vizcaíno, se había apoderado de Ostia y su castillo bajo bandera francesa, cerrando el Tíber y sometiendo a contribución a Roma. Las tropas españolas atacaron y tomaron Ostia y su castillo, y el Papa Alejandro VI concedió a Fernández de Córdoba como recompensa la Rosa de Oro.

Después de tres años de campaña, en 1498 regresaron a España las tropas españolas, dejando el reino de Nápoles en manos de Don Fadrique.

En esta campaña Gonzalo Fernández de Córdoba ganó su sobrenombre de El Gran Capitán y el título de Duque de Santángelo.

Fernando II de Aragón y Luis XII de Francia firmaron en 1500 un tratado reservado (el Tratado de Chambord-Granada) repartiéndose el reino de Nápoles, adjudicando al francés las provincias de Labor y los Abruzos, con los títulos de rey de Nápoles y de Jerusalén y el español el resto, con el título de duque de Apulia y de Calabria.

Coincidió el acuerdo reservado con una petición de ayuda de Venecia, cuya plaza de Modón, en el Peloponeso (Grecia), estaba siendo atacada por los turcos.

Por parte española se preparó en Málaga una armada de 60 barcos que transportaban 8.000 hombres de infantería y caballería, que mandaba Gonzalo Fernández de Córdoba como capitán general de mar y tierra.

Llegaron las naves a Mesina, después de una penosa travesía, pues llegó a escasear el agua, muriendo algunos hombres y muchos caballos. En Mesina se unieron a la expedición unos 2.000 soldados españoles que se habían quedado en Italia en la expedición anterior, y varias naves vizcaínas, entre las que es de suponer que estaba la de Pedro Navarro.

El 27 de septiembre se hicieron a la mar, llegando el 2 de octubre a tiempo para socorrer Candía. Se unió a la expedición la flota veneciana y dos carracas francesas con 800 hombres. Acordaron tomar Cefalonia, comenzando el asedio a la isla el 8 de noviembre y terminando el 24 de diciembre con la conquista de la fortaleza de San Jorge. Volvieron a Sicilia con muchas penalidades y algunos motines debido a la escasez de alimentos.

En 1501 el Papa hizo público el acuerdo secreto entre Francia y España, y los franceses ocuparon su parte con 20.000 hombres, encontrando resistencia sólo en la ciudad de Capua.

Fernando el Católico ordenó al Gran Capitán ocupar su parte, pero en Tarento encontró resistencia a su avance. La plaza estaba bien fortificada y defendida, por lo que se estableció el sitio terrestre y el bloqueo naval, apresando Juan de Lezcano una nave con artillería y municiones para la plaza.

Ante la imposibilidad de hacerlo por mar, debido a las fuertes defensas, se pasaron por tierra 20 carabelas a la bahía interior de Tarento, y se atacó a la plaza por donde no tenía defensas. Así, en 1502, Tarento se rindió al Gran Capitán, con lo que españoles y franceses habían ocupado cada uno su parte del reino de Nápoles.

Desde el principio se produjeron roces entre españoles y franceses por el reparto de Nápoles, que desembocaron en la reapertura de las hostilidades. La superioridad numérica francesa obligó a Fernández de Córdoba a utilizar su genio como estratega, concentrándose en la defensa de plazas fuertes a la espera de refuerzos.

El Gran Capitán derrotó en la batalla de Ceriñola al ejército mandado por el duque de Nemours, que murió en el combate (1503), y se apoderó de todo el reino. Mandó Luis XII un nuevo ejército, que fue igualmente vencido a orillas del río Garellano (28–29 de diciembre de 1503), y los franceses tuvieron que rendir la plaza fuerte de Gaeta y dejar libre el campo a los españoles.

Terminada la guerra, Fernández de Córdoba gobernó como virrey en Nápoles durante cuatro años, con toda la autoridad de un soberano. Fue instrumental en el envío a España como prisionero en 1504 de César Borgia , hijo del Papa español Alejandro VI (Rodrigo Borgia), que había sido envenenado en 1503, para su custodia en Chinchilla.

Éste consiguió escapar en 1506 a Navarra, donde fue nombrado Condestable de Navarra por su cuñado el Rey Consorte navarro Juan III de Albret, marido de la Reina Titular de Navarra Catalina I, quienes luchaban por evitar la absorción de su pequeño reino por una coalición navarra- castellano-aragonesa. Pero César Borgia perdió la vida en la Batalla de Viana en marzo de 1507. Los beamonteses navarros vieron más de un 80% del territorio del reino incorporado a los dominios de Fernando II de Aragón y de su nueva y joven esposa Germana de Foix en 1512.

Muerta ya Isabel la Católica en 1504, se hizo el Rey Fernando el Católico eco de los envidiosos del general y, temeroso de que se hiciese independiente, le quitó el mando y le pidió cuentas de todos sus gastos en Italia; Gonzalo, para justificar que lo que se decía de él no era cierto, presentó unas cuentas (que se conservan en el Archivo General de Simancas) con tal detalle, que han quedado como ejemplo de meticulosidad en la lengua popular. El ilustre general no volvió otra vez a Italia. Gonzalo se retiró entonces a Loja, donde murió en 1515.

El Gran capitán fue un genio militar excepcionalmente dotado, que por primera vez manejó combinadamente la infantería, la caballería, y la artillería aprovechándose del apoyo naval. Supo mover hábilmente a sus tropas y llevar al enemigo al terreno que había elegido como más favorable. Revolucionó la técnica militar mediante la reorganización de la infantería en coronelías (embrión de los futuros tercios). Idolatrado por sus soldados y admirado por todos, tuvo en su popularidad su mayor enemigo.

La combinación de las operaciones de combate permitió a Gonzalo Fernández de Córdoba, en el transcurso de las guerras de Italia, introducir varias reformas sucesivas en el ejército español, que desembocaron en la creación de los Tercios españoles.

La primera reorganización fue en 1503. Gonzalo creó la división con dos coronelías de 6.000 infantes cada una, 800 hombres de armas, 800 caballos ligeros y 22 cañones. El general tenía en sus manos todos los medios para llevar el combate hasta la decisión. Gonzalo de Córdoba dio el predominio a la infantería, que es capaz de maniobrar en toda clase de terrenos. Dobló la proporción de arcabuceros, uno por cada cinco infantes, y armó con espadas cortas y lanzas arrojadizas a dos infantes de cada cinco, encargados de deslizarse entre las largas picas de los batallones de esguízaros suizos y lasquenetes y herir al adversario en el vientre.

Puso en práctica, además, un escalonamiento en profundidad, en tres líneas sucesivas, para tener una reserva y una posibilidad suplementaria de maniobra. Gonzalo Fernández de Córdoba facilitó el paso de la columna de viaje al orden de combate fraccionando los batallones en compañías, cada una de las cuales se colocaba a la altura y a la derecha de la que le precedía, con lo que se lograba fácilmente la formación de combate.

Adiestró a sus hombres mediante una disciplina rigurosa y formó su moral despertando en ellos el orgullo de cuerpo, la dignidad personal, el sentido del honor nacional y el interés religioso. Hizo de la infantería española aquel ejército formidable del que decían los franceses después de haber luchado contra él, que «no habían combatido con hombres sino con diablos».


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