Personajes ilustres de nuestra historia: José Ortega y Gasset

19 05 2011

José Ortega y Gasset nació en Madrid, el día 9 de mayo de 1883, en el seno de una familia perteneciente a la burguesía liberal e ilustrada de finales del siglo XIX. La familia de su madre, Dolores Gasset Chinchilla, era propietaria del periódico madrileño El Imparcial y su padre, don José Ortega y Munilla, fue periodista y director de dicho diario. José fue el segundo de los cuatro hijos del matrimonio.

El hecho de haber nacido “sobre una rotativa” (como el propio Ortega confesó más tarde) y el de que se criase también en una familia tan íntimamente conectada con la actividad periodística, hechos accidentales en principio, se convirtieron con el transcurso del tiempo, en algo esencialmente ligado al desarrollo de su formación intelectual y a su forma de expresión literaria. Efectivamente, gran parte de sus escritos filosóficos, e incluso gran parte de su actividad profesional, se desarrollaron en contacto con el periodismo. Hasta tal punto es esto así, que, al igual que Ortega es recordado como uno de los más grandes filósofos en lengua castellana, debe serlo también —y esto no es de menor importancia— como una de las mayores figuras del periodismo español del siglo XX. Y ello, lo mismo como articulista de temas culturales y políticos como impulsor de empresas periodísticas, algunas de las cuales, como la Revista de Occidente, aún permanecen vivas.

Tras aprender las primeras letras en Madrid, con don Manuel Martínez y con don José del Río Labandera, en 1891 el joven Ortega fue enviado a estudiar el bachillerato al colegio que los jesuitas regentaban (y siguen regentando) en la barriada malagueña de El Palo. El que el niño Ortega recibiese su formación básica en un colegio de jesuitas y en la ciudad de Málaga fueron acontecimientos que marcaron también su formación vital.

En primer lugar, el contacto con los jesuitas y sus enseñanzas van a producir en Ortega una reacción análoga a la que se había producido casi cuatro siglos antes en otro brillante antiguo alumno de los jesuitas: R. Descartes. Descartes, sin dejar de reconocer la deuda contraída con sus profesores de La Flèche, reaccionó contra la formación recibida de ellos. De esta conciencia del poco fundamento de la ciencia recibida nació su obra personal y, con ella, su proyecto de reforma de la filosofía europea.

Del mismo modo, también Ortega reaccionó contra la formación adquirida en su infancia, a pesar de que él fue el “emperador” de su clase. Y, aunque criticó el método de los jesuitas, la ironía de la historia hizo, precisamente de él, uno de los más eximios constructores de la cultura nacional española del siglo XX.

En segundo lugar, el hecho de que su colegio estuviese situado en Málaga, quizás no sea tampoco un dato biográfico desdeñable, porque en esta ciudad fue compañero el joven Ortega de los hijos de las más rancias familias burguesas malagueñas, y ello le permitió tomar contacto con las clases dirigentes que habían hecho de Málaga una de las primeras ciudades industriales de la España del siglo XIX. Y también en Málaga tuvo que ser testigo del inicio del declive de esta burguesía culta, industriosa e industrial, causado por la crisis económica producida por la plaga de filoxera que, en menos de un lustro, arrasó los cultivos de vides que habían proporcionado la infraestructura agrícola al despegue industrial de la Málaga decimonónica y que había hecho de Málaga una ciudad cosmopolita, comercial y burguesa al menos desde el siglo XVI.

Justamente en 1905, el año en que Ortega viajará a Alemania para ampliar sus estudios, un compañero suyo del colegio, Ernesto Rittwagen Solano, hijo de una de esas familias burguesas, tuvo que emigrar a Estados Unidos para ganarse la vida allí. Por lo demás, la suma de los efectos de la crisis de la filoxera y de la imposibilidad de las industrias siderúrgica y textil malagueñas de para competir con las surgentes industrias vascas y catalanas permitió el nacimiento de un proletariado industrial urbano escorado hacia posiciones revolucionarias e izquierdistas.

En este sentido conviene recordar que, con el transcurso del tiempo, Málaga será la primera (y única) circunscripción electoral española en la que un comunista consiga acta de diputado, lo que ocurrió en 1934 cuando el Dr. Bolívar consiguió la suya.

En 1897, terminado su bachillerato en Málaga, Ortega inició sus estudios universitarios, primero en Deusto y poco después en Madrid. Justamente en una de las épocas más dadas a la sensibilidad en la vida de un hombre, los quince años, el joven Ortega fue testigo de un acontecimiento histórico de la mayor trascendencia, acontecimiento que llevó a toda una generación de españoles a plantearse el problema de España.

Este acontecimiento fue la pérdida de los últimos restos del imperio colonial español. En 1898, por la Paz de París, que daba término a la guerra hispano-norteamericana, España tuvo que ceder, ante los jóvenes y potentes Estados Unidos de América (a los que en su día había ayudado a alcanzar su propia independencia), sus últimas posesiones coloniales: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Este acontecimiento funcionó en España como un revulsivo de la conciencia nacional que llevó a las mentes más lúcidas del momento (Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Antonio Machado o el propio Ortega) a plantearse el problema de la decadencia física y/o moral de España. La generación marcada por el desastre nacional, la Generación del 98, centró gran parte de sus esfuerzos intelectuales en la reflexión sobre la etiología y el diagnóstico de la enfermedad de España.

Dentro del espíritu de su generación, Ortega toma conciencia del problema de España y diagnostica que tal problema radica en el individualismo de los hombres y las regiones de España, que no han sentido una inquietud común por los asuntos nacionales. De ahí que proponga que la regeneración de España sólo puede venir de la mano de una toma de conciencia entusiasta de una misión nacional. Para que esta misión pueda ser llevada a cabo con éxito, Ortega propondrá la necesidad de la existencia de una elite intelectual —en la que él mismo se siente integrado— que, tomando lo mejor del mundo occidental, sepa “fomentar la organización de una minoría encargada de la educación política de las masas” (Vieja y nueva política, I: 302).

De este modo es como el pensamiento del joven Ortega enlaza con el regeneracionismo y con uno de los aspectos del krausismo español. Aunque los presupuestos filosóficos de Ortega y los de los krausistas difieran notablemente en la realización política y cultural de tales presupuestos ambos van a coincidir en varios puntos claves: que la situación de la España de la época es negativa y por ello debe ser superada; que esta superación sólo puede realizarse recurriendo a la aclimatación a España del pensamiento europeo, y que para ello es necesaria la existencia de grupos dirigentes que permitan la puesta al día de la cultura española.

Justamente en este contexto de deseo de beber en las fuentes culturales europeas para aclimatarlas a España, es donde hay que encuadrar el viaje de estudios que, al finalizar su doctorado en filosofía con la tesis titulada Los terrores del año mil. Crítica de una leyenda, Ortega hace a Alemania. Efectivamente, en 1905 marcha a Alemania para continuar sus estudios, y visita las universidades de Leipzig, Berlín y Marburgo. Precisamente en esta última universidad será donde conozca a los neokantianos H. Cohen y P. Natorp, a los que considerará siempre sus maestros.

También por este viaje de Ortega a Alemania se puede establecer un cierto paralelismo con la estancia de Julián Sanz del Río, fundador del krausismo español, en Heidelberg. Con ello Ortega continúa una cierta tradición española que dura hasta los años cincuenta, momento en que la meca de la filosofía pasa para los españoles a los países anglosajones. Esta tradición consistía en que todo joven español que aspirase a una formación intelectual más completa que la que podía proporcionar la universidad española debía viajar a Alemania.

El panorama filosófico que el joven doctor en filosofía por la Universidad de Madrid encontró en Marburgo estaba presidido por el neokantismo, esto es, la doctrina filosófica que postulaba la vuelta a Kant como modo de superar los callejones sin salida a que había llegado la filosofía idealista alemana de la mano de Hegel y sus seguidores. Pero, y aquí se rompe el paralelismo con Sanz del Río, así como el krausismo español importó el pensamiento de Krause de forma monolítica y sin una actitud demasiado crítica, Ortega llegó a Alemania con un espíritu más crítico y avispado—no en balde había pasado más de medio siglo de viajes de intelectuales españoles a Alemania— y su actitud ante los neokantianos no fue la de la beatería discipular, sino una actitud ambivalente. De este modo, a la vez que reconoce la impagable deuda para con sus maestros de Marburgo, también adopta una actitud crítica frente a ellos y frente al propio Kant.

La deuda y la crítica para con Kant y los neokantianos las resume magistralmente con las siguientes palabras: “Durante diez años he vivido en el mundo del pensamiento kantiano: lo he respirado como una atmósfera y ha sido a la vez mi casa y mi prisión […] Con gran esfuerzo me he evadido de la prisión kantiana y he escapado a su influjo atmosférico”. (“Kant”, IV: 25).

Así pues, Ortega era consciente de que el pensamiento kantiano fue para él tan necesario como lo es la atmósfera que respira cualquier hombre, pero también fue para él una prisión de la que hubo de liberarse para poder construir su propia filosofía de madurez. Además del significado que tuvo para su formación filosófica, su estancia en Alemania también desempeñó una importante función vital, pues los años que Ortega vivió allí, los años en que comenzó su madurez humana, fueron tan fructíferos que los recuerdos de esta estancia quizás constituyan algunas de sus mejores páginas literarias.

A pesar de la profunda huella vital e intelectual que Alemania dejó en él, Ortega regresó pronto a España, física e intelectualmente, pues para él, el viaje a Alemania sólo podía tener sentido en la medida en que sirviera para volver a España, de modo que hubiera una ósmosis intelectual tal que España se impregnara de Europa y, a su vez, España impregnara a Europa. A su regreso, en 1910, opositó y ganó la cátedra de Metafísica de la Universidad de Madrid, en la que sucedió a N. Salmerón, y comenzó su actividad universitaria como catedrático antes de haber publicado ningún libro de filosofía. Ese mismo año contrajo matrimonio con doña Rosa Spottorno y, a partir de entonces, comenzó su vida pública.

Si hasta 1910 la vida de Ortega permaneció en el ámbito de lo privado, a partir de esa fecha comienzó la vida pública de don José Ortega y Gasset, repartida entre la docencia universitaria y las actividades culturales y políticas extra-académicas. Tras una breve segunda estancia en Alemania, en 1911, Ortega se entregó a su cátedra en el antiguo caserón de San Bernardo. Pero las inquietudes políticas del joven catedrático de Metafísica salieron pronto a la luz, y en 1914 fundó la Liga de Educación Política Española, con la que intentó llevar a cabo sus proyectos regeneracionistas desde posturas democráticas. Ese mismo año publicó Meditaciones del Quijote, su primer libro. En 1916 fue cofundador del diario El Sol; y en 1923, justamente el año del comienzo de la dictadura del general Primo de Rivera, fundó y dirigió la Revista de Occidente.

Su enfrentamiento doctrinal con la política de la Dictadura llevó a Ortega, en 1929, a dimitir de su cátedra universitaria y a continuar sus clases en la “profanidad de un teatro”, clases que más tarde se publicaron con el título de ¿Qué es filosofía? Así, forzado por las circunstancias, Ortega se convirtió en uno de los primeros filósofos españoles que impartía su filosofía ante el gran público. Tarea que, por otra parte, quizás fuese él el filósofo más indicado para llevar a cabo, pues en él se daban parejas las dotes de un gran filósofo y la capacidad de hacer asequible la filosofía a cualquier hombre culto.

En 1930, coincidiendo con la “dictablanda” del general Berenguer, contra quien escribirá su famoso artículo titulado “El error Berenguer”, que termina con la famosa frase “Delenda est Monarchia!”, Ortega recuperó su cátedra y su participación en la política activa fue en aumento, hasta el punto de convertirse en el centro de un grupo de intelectuales que propugnaban el advenimiento de la II República Española.

Así, en 1931, llegada la República, fundó, junto con Gregorio Marañón y Pérez de Ayala, la Agrupación al Servicio de la República. Gracias a la Agrupación fue elegido diputado a las Cortes Constituyentes por la provincia de León; pero, una vez más, se repitió la paradoja de todo filósofo “metido en política”, pues en las Cortes se le oía pero no se le escuchaba ni se le seguía. La desilusión que le produjo la vida de diputado lo llevó pronto a retirarse de la política activa y a disolver la Agrupación.

Con ello, Ortega volvió de nuevo a la actividad académica y publicó, en 1934, En torno a Galileo. En 1935 recibió un homenaje de la universidad quien ya era la figura más sobresaliente del panorama filosófico español del momento. También en 1935 publicó otro libro importante: Historia como sistema.

Con el inicio de la guerra civil española, en julio de 1936, Ortega se autoexilió y comenzó para él una etapa de desazón vital que lo llevó a vagar por el mundo. Primero viajó a París y Holanda, donde pronuncióa conferencias en Leiden, La Haya y Amsterdam. Más tarde viajó a Argentina, y allí vivió hasta que, en 1942, fijó su residencia en Portugal, donde escribiósu trabajo Origen y epílogo de la filosofía, que en principio era una reflexión hecha para que sirviese de epílogo a la Historia de la filosofía de su discípulo Julián Marías.

Con el término de la II Guerra Mundial, en 1945, Ortega regresó a España, pero en los diez años que tardó en llegarle la muerte, su actividad pública quedó reducida al mínimo dadas las circunstancias políticas españolas. En 1946 pronunció un ciclo de conferencias en el Ateneo de Madrid y ese mismo año se comenzaron a publicar sus Obras Completas. Puesto que seguía apartado de su cátedra, en 1948, junto con un grupo de colaboradores y discípulos, fundó el Instituto de Humanidades, con lo que, de nuevo, el gran maestro que fue Ortega volvió a ejercer su magisterio ante el público fuera de las aulas universitarias y a invitar a “unos cuantos para trabajar en un rincón”.

Aunque se le permitió vivir en España, él no se sentía a gusto en su propio país, al que tanto amaba y por el que tanto luchó. A partir de 1950 viajó de nuevo a la Alemania de su juventud, donde ese mismo año mantuvo un debate filosófico con M. Heidegger, en Baden Baden, sobre el hombre y su lenguaje. Continuó su trabajo sin descanso y, en 1955, regresó definitivamente a España. Diagnosticado de cáncer gástrico, y tras una operación sin esperanzas, murió en Madrid el día 18 de octubre de 1955.

Para más información sobre la vida y obra de José Ortega y Gasset, podéis ver el siguiente documental de RTVE. Para verlo, haced click sobre el enlace.

José Ortega y Gasset, la filosofía como acción política


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