Personajes ilustres de nuestra historia: Marcelino Menéndez Pelayo

14 05 2011

Marcelino Menéndez Pelayo nació en Santander el 3 de noviembre de 1856, hijo de Marcelino Menéndez Pintado (Castropol, 1823), catedrático de matemáticas elementales del Instituto Cantábrico de Santander, y de Jesusa Pelayo España (Santander, 1824).

Menéndez Pelayo

A los seis años comenzó a asistir a una escuela de Santander, llamando pronto la atención su memoria prodigiosa. En septiembre de 1866, con diez años, ingresó en el Instituto Cantábrico para estudiar los cinco cursos del bachillerato. Durante los dos primeros sólo se estudiaba entonces Latín y Castellano, Doctrina Cristiana e Historia Sagrada.

Se conserva el autógrafo de la relación de los libros que ingresó en su biblioteca en 1868, cuando tenía doce años: en total, eran veinte obras en treinta y cuatro volúmenes, en latín, español y francés: Catulo, Quinto Curcio, Ovidio, Cicerón, Fenelon, Chateaubriand, Bossuet, &c. En junio de 1871 terminó el bachillerato, obteniendo el premio extraordinario de la reválida en la sección de letras, con un ejercicio escrito sobre «Pedro I de Castilla, Pedro I de Portugal y Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso. Paralelo entre estos tres Reyes y juicios que han merecido a los historiadores».

La amistad de Marcelino Menéndez Pintado con su paisano José Ramón Fernández de Luanco (Castropol 1825-1905), catedrático de química en la Universidad de Barcelona, que estaba soltero y ese curso también se hacía cargo de un sobrino suyo que iniciaba carrera, determinó que Menéndez Pelayo, bajo la tutela de Luanco, se matriculase en la Facultad de Filosofía y Letras de Barcelona.

En Barcelona, en el curso 1871-72, fue alumno de Manuel Milá y Fontanals, catedrático de Historia de la Literatura General y Española; de Antonio Bergnes de las Casas, catedrático de griego y entonces Rector; de Cayetano Vidal Valenciano, catedrático de Geografía histórica; y de Jacinto Díaz, catedrático de Literatura latina. Aunque Francisco Javier Lloréns Barba, el catedrático de Filosofía, falleció el 23 de abril de 1872 (por lo que como mucho Menéndez Pelayo pudo asistir como oyente a alguna de sus últimas clases), siempre se tuvo por discípulo de Lloréns (aunque este profesor de filosofía barcelonés no dejó más escritos que su discurso inaugural del curso 1854-55).

En Barcelona trabó gran amistad con su compañero de estudios Antonio Rubió Lluch, hijo de Joaquín Rubio Ors (1818-1899), Lo Gaiter del Llobregat, el romántico autor en 1841 del manifiesto de la conservadora Renaixença catalana, y catedrático de Historia Universal, su profesor en segundo curso. El 23 de abril de 1873 actuó Marcelino por primera vez en público, hablando sobre Cervantes considerado como poeta en la velada organizara por el Ateneo Barcelonés para conmemorar el aniversario de Cervantes. Terminado el segundo curso en Barcelona, volvió a pasar el verano de 1873 en Santander, en plena efervescencia de la primera y efímera República Española.

En septiembre de 1873 trasladó sus estudios universitarios a Madrid. En la Universidad Central tenía que cursar, entre otras disciplinas, Historia de España con Emilio Castelar y Metafísica con Nicolás Salmerón, quienes, por sus ocupaciones políticas, solían delegar las enseñanzas en sus sustitutos. Salmerón había dejado de ser Presidente de la República ese mismo septiembre de 1873, y Castelar le había sustituido. Pero, al ir a concluir aquel agitado curso que conoció el final de la República, Marcelino Ménendez Pelayo escribió a sus padres para informarles de su propósito de no examinarse con Salmerón y de hacerlo en Valladolid, de paso hacia Santander: «Tú no comprenderás algunas de estas cosas, porque no conoces a Salmerón ni sabes que el krausismo es una especie de masonería en la que los unos se protegen a los otros, y el que una vez entra, tarde o nunca sale. No creas que esto son tonterías ni extravagancias; esto es cosa sabida por todo el mundo».

Y así fue como Marcelino Menéndez Pelayo aprobó el 30 de junio la Metafísica en Valladolid, ciudad a la que volvió junto con su padre a finales de septiembre, tras pasar las vacaciones en Santander, para examinarse y licenciarse en la Universidad de Valladolid. En ese momento sólo tenía diez y siete años.

Pero poco antes de licenciarse, firmando por tanto todavía como estudiante de Letras, ya había publicado en Barcelona, en los números de junio a septiembre de la revista Miscelánea Científica y Literaria, una serie de cinco artículos, compuestos entre marzo y junio, sobre las «Obras inéditas de Cervantes» que Adolfo de Castro acababa de publicar ese mismo año de 1874. En el último artículo aprovechó para sacarse parte de la espina que ya tenía clavada con los filokrausistas, y dirigió sus buenas andanadas, bien beligerantes, contra Manuel de la Revilla, «opositor a cátedras en esta Universidad Central». Todo esto poco antes de conocer a Laverde.

De manera que Gumersindo Laverde, que sólo llevaba entonces un curso como catedrático en Valladolid, se encontró, como presidente del tribunal que había de darle el grado de Licenciado, con un precoz y ardoroso potencial pupilo al que traspasar la ejecución de los proyectos regeneradores de la filosofía española cuya propaganda había iniciado en 1856, hacía dieciocho años, sólo unas pocas semanas antes de que naciera ese paisano suyo que ahora, recién licenciado, aparecía de improviso y como caído del cielo. La simbiosis entre Marcelino Menéndez Pelayo y Gumersindo Laverde duró más de quince años, hasta el fallecimiento de Laverde en 1890.

El 1 de octubre de 1874, recién licenciado en Valladolid, volvió de nuevo Menéndez Pelayo a Madrid para cursar las asignaturas del doctorado: Estética (Francisco Fernández González), Historia crítica de la literatura española (José Amador de los Ríos) e Historia de la Filosofía (Francisco de Paula Canalejas). En junio de 1875 obtuvo sobresaliente en las tres asignaturas, con lo que pudo presentarse al ejercicio del doctorado, leyendo su tesis sobre La novela entre los latinos, que al ser publicada (Santander 1875, 71 págs.), dedicó a su antiguo tutor, José Ramón de Luanco.

Tenía dieciocho años y ya era Doctor en Letras. Después del verano, el 29 de septiembre de 1875, concurrió a la oposición para el premio extraordinario de doctorado, que ganó frente a su competidor, Joaquín Costa, que protestó airadamente, seguramente dolido de que le hubiese arrebatado el premio alguien diez años más joven que él.

Juventud que acababa de convertirse en una traba para poder pasar al profesorado, pues un decreto de 2 de abril de ese mismo año de 1875 había determinado que los opositores para cátedras de Instituto y de Universidad debían tener cumplidos al menos veintitrés y veinticinco años respectivamente. Recurrió el decreto el joven doctor en paro, pero nada obtuvo entonces. Además, recién cumplidos los diez y nueve años, al entrar como mozo en el sorteo de su quinta, tuvo la suerte de salir elegido para el reemplazo de cien mil hombres de 1875…, aunque pudo evitar el tener que incorporarse como soldado, pues su padre prefirió redimir en metálico tal responsabilidad.

Mientras, fueron instituciones de su provincia las que actuaron positivamente para que la carrera de su brillante ciudadano no quedara interrumpida: el 18 de enero de 1876 el Ayuntamiento de Santander acordó por su cuenta subvencionar «al eminente y erudito joven D. Marcelino Menéndez Pelayo con la cantidad de tres mil pesetas en el caso de que se traslade al extranjero para completar sus estudios», y el 4 de mayo de 1876, la semana siguiente a la aparición de su primer artículo en la Revista Europea (las «Indicaciones…»), la Diputación de Santander determinó contribuir con cuatro mil pesetas, en dos anualidades, para similares propósitos. En los escritos de agradecimiento, Menéndez Pelayo informó a las instituciones que estaba elaborando una Historia de los Heterodoxos Españoles que sólo podría llevar a término «mediante detenidas pesquisas en los grandes depósitos bibliográficos de Inglaterra, Bélgica y Alemania».

En septiembre de 1876 salió para Madrid, camino del extranjero: Juan Valera, José Amador de los Ríos, Leopoldo Augusto de Cueto… le dieron cartas de recomendación para amigos de otros países. El 7 de octubre llegó a Lisboa, donde Silva Tulio, bibliotecario de la Nacional portuguesa, le destinó un cuarto especial para que trabajase con tranquilidad. El 12 de noviembre salió para Coimbra, camino de regreso a Madrid y Santander. El 12 de enero de 1877 viajó en tren de Santander a Roma, adonde llegó cuatro días después. En la Biblioteca Vaticana le permitieron trabajar en días y horas en que permanecía cerrada para el profanum vulgus. En marzo se desplazó quince días a Nápoles, para consultar la Biblioteca Napolitana. En abril visitó las Bibliotecas Laurenciana y Magliabecchiana de Florencia, y luego Bolonia, y Venecia, donde estuvo diez días, trabajando en la Biblioteca de San Marcos, y escribiendo nuevas entregas de la fecunda polémica de la ciencia española… A mediados de mayo estaba en Milán, donde pasó quince días en la Biblioteca Ambrosiana, y a finales de mes ya estaba en París, donde conoció y hizo buena amistad con Alfredo Morel-Fatio, el encargado de manuscritos españoles de la Biblioteca Nacional francesa.

El 10 de junio llegaba de vuelta a Santander, tras cinco meses de fecundos viajes, en los que no paró de escribir eruditos artículos que hicieron aumentar su fama, particularmente el libro Horacio en España. El Ministerio de Instrucción Pública le concedió 7.500 pesetas para que pudiera continuar sus estudios por bibliotecas extranjeras: el 19 de octubre estaba de nuevo en París, y durante dos meses visitó bibliotecas en Bruselas, Lovaina, Amberes, La Haya y Amsterdam.

A principios de 1878 pasó una temporada en Sevilla, ciudad en la que precisamente falleció en esos días José Amador de los Ríos. Trabajó en la Colombina y en las bibliotecas particulares de Mateos Gago y de José María Asensio. En Cádiz visitó a a Adolfo de Castro, en Granada a Leopolgo Eguílaz, y en Córdoba al obispo, el gran filósofo Fray Zeferino Gonzalez. La vacante dejada por Amador de los Ríos iba a salir a oposición, y gracias a los cabildeos de Alejandro Pidal y de Cánovas, la protesta de Menéndez Pelayo por la discrimación que sufría por su edad tuvo su efecto, de manera que Congreso y Senado cambiaron la ley, que fijó el 1º de mayo los veintiún años para poder tomar parte en los ejercicios de oposición a cátedras, por lo que convocada dos días después la oposición, pudo ya presentarse. Como la cosa se había politizado, se produjo un notable eco y escándalo en la prensa.

No fueron por tanto oposiciones que pasaran desapercibidas. El 21 de octubre de 1878 se sortearon las trincas entre los cuatro opositores que se habían presentado para optar a la Cátedra de Literatura de la Universidad Central: José Canalejas Méndez, Antonio Sánchez Moguel, Saturnino Milego Inglada y Marcelino Menéndez Pelayo. El día 21 fue la trinca entre Canalejas y Sánchez Moguel, al día siguiente la trinca entre Milego y Menéndez Pelayo. A medida que se fueron sucediendo los ejercicios aumentó el interés del público, y cuando el día 30 de octubre hubo Marcelino de contestar a diez preguntas al azar del programa preparado por el tribunal unos días antes, ya «los claustros de la Universidad no podían contener la inmensa concurrencia»… La oposición duró todo el mes de noviembre y el tribunal acabó proponiendo en primer lugar de la terna a Menéndez Pelayo (seis votos contra uno), en segundo lugar a Canalejas, y en tercero a Sánchez Moguel. Francisco Fernández González fue quien voto en contra de que Marcelino Menéndez Pelayo ocupase aquella catedra, vacante precisamente por fallecimiento de su suegro.

Su Historia de los Heterodoxos Españoles se publicó al fin en Madrid entre 1880 y 1882, en ocho tomos de más de 500 páginas cada uno. El primer tomo era una historia completa de la vida espiritual de España hasta el siglo XV, en lo que se separaba de las enseñanzas de la Iglesia. Los siguientes se referían a la época del Renacimiento, y analizaba detalladamente el brote y extensión de las ideas protestantes en España, su represión por la Inquisición, y continuaba con los judaizantes y las hechicerías durante los siglos XVI y XVII. Por último, se refería a los afrancesados del siglo XVIII, su filosofía y política, y la penetración de la acción anticatólica en España; la influencia de la Revolución francesa y del liberalismo progresista, y se enfrentaba con las doctrinas e ideas de sus contemporáneos, que él consideraba inadmisibles con frases llenas de vigor, reprochándoles aquello que él consideraba como actividades antiespañolas.

En los siguientes años, los honores y las responsabilidades no le faltaron a Menéndez Pelayo, que procuró alternar con su infatigable labor de estudioso y escritor: en 1880 fue elegido miembro de la Academia Española de la Lengua, en 1882 de la Academia de la Historia (de la que fue director desde 1909), en 1889 de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, en 1892 de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. El 12 de octubre de 1890 falleció Gumersindo Laverde, su gran amigo y eminencia gris en tantos aspectos. A esas alturas de su vida ya había escrito Menéndez Pelayo la parte más importante de sus obras históricas e ideológicas, aquellas a cuya elaboración fue inducido en buena medida por Laverde. La actividad de don Marcelino en los años posteriores se acercó más a la del editor que a la del crítico: las Obras de Lope de Vega (1890-1902), la Antología de poetas líricos castellanos desde la formación del idioma hasta nuestros días (1890-1908), etc. En 1898 abandonó la docencia para ocupar el puesto de director de la Biblioteca Nacional. Se cumplían veinte años desde sus inicios como profesor y un grupo de amigos le ofreció como Homenaje una miscelana de trabajos, con Prólogo de Juan Valera. Entre 1884 y 1892 fue diputado a Cortes, y luego senador, por la Universidad de Oviedo y por la Academia Española.

Ese afán de títulos y recompensas le llevó a una de las mayores decepciones de su vida: el fracaso en su intento de ser elegido director de la Real Academia de la Lengua. Fue en 1906 y el asunto tuvo sus consecuencias. El anterior director de la Academia, Conde de Cheste, había fallecido. Siguiendo una ley no escrita, un aristócrata, que hubiera sido ministro era el candidato natural para el puesto: ésa había sido la condición de todos los directores de las Academia hasta el momento. Pero en ese momento Benito Pérez Galdós y Jacinto Octavio Picón lanzaron públicamente la candidatura de Menéndez Pelayo. La derecha académica no concedió gran importancia a la propuesta de los dos novelistas («dos personas de menor cuantía» los llamó Emilio Cotarelo), pero Menéndez Pelayo sí.

Y más cuando en una carta abierta más de 120 firmas pidieron públicamente a Alejandro Pidal, rival de Menéndez Pelayo, que no se presentara y que dejara campo libre al santanderino que según los firmantes estaba «por encima de toda discusión y de toda concurrencia». Entre los que apoyaron públicamente la candidatura de Menéndez Pelayo se contaban los hermanos Álvarez Quintero, Gregorio Martínez Sierra, Carlos Arniches, Joaquín Dicenta, Pio Baroja, Azorín, Antonio Machado, Felipe Trigo, Álvaro de Albornoz. Manuel Azaña, Pedro Mata, Augusto Barcia, Ramón Pérez de Ayala, Eduardo Zamacois, Francisco Villaespesa, Gabriel Miró…

La carta se publicó el mismo día de la elección, un 22 de noviembre de 1906, muy pocos días después de que Menéndez Pelayo hubiera cumplido los cincuenta años. Veintiún académicos pudieron votar y de ellos solo tres lo hicieron por Don Marcelino: Picón, José Ortega y Munilla y Juan Cavestany. Dieciséis en cambio votaron a Pidal y en la lista de votantes hay nombres que fueron una amarga decepción para Menéndez Pelayo: Antonio Maura, Emilio Ferrari, Emilio Cotarelo, Ramón Menéndez Pidal. Menéndez Pelayo no asistió a la votación y Galdós tampoco pudo hacerlo.

Un año después se repitió la elección pues el nombramiento de Pidal era interino. Pidal obtuvo quince votos y Menéndez Pelayo, siete. Esta vez los votantes de don Marcelino fueron Francisco Rodríguez Marín, que acababa de ingresar en la Academia, Galdós, Echegaray, Picón, Ortega Munilla, el padre Miguel Mir, que en la anterior había votado a Pidal y el propio Menéndez Pelayo que en este caso sí que asistió. Pero el grueso de la academia continuó apoyando a Pidal.

La amargura de Menéndez Pelayo fue indecible. Rompió relaciones con Alejandro Pidal, con quien hasta el momento había cruzado cartas muy corteses y del que había celebrado con júbilo su llegada al gobierno. Finalizó su amistad con Emilio Cotarelo, antes discípulo y colaborador, y con el que un día se lío a bastonazos en plena calle de Alcalá. Y abandonó la Academia.

La edición de las obras de Lope de Vega, un encargo académico, quedó interrumpida en el volumen XIII. No volvería a ello nunca. Los tomos XIV y XV se publicaron después de su muerte, pero ya sin los prólogos que Menéndez Pelayo nunca compuso.

Su último acto académico fue la recepción de su amigo Francisco Rodríguez Marín, que tomó posesión en esas fechas. La Academia, el lugar donde había soñado estar desde niño, le había vuelto la espalda y sobre todo lo habían hecho los representantes de esa derecha cristiana que él había defendido tantas veces en tantas polémicas. «Mi alejamiento de aquella Corporación [la Academia] es absoluto y probablemente definitivo, por razones de dignidad personal cuyo origen Vd. conoce y que luego se han exacerbado con nuevos agravios. La Academia, sometida al ignorante capricho de los hombres políticos ó á las malas artes de cualquier intrigante, va perdiendo a toda prisa su carácter literario. Conservo allí algunos buenos amigos, pero están en minoría insignificante, y para la mayor parte de los académicos no puede haber peor recomendación que la mía. He dejado de concurrir aun a las sesiones ordinarias». Son palabras de diciembre de 1911, cinco meses antes de su muerte. La herida de aquella elección fracasada nunca cicatrizó.

En octubre de 1911, llegó a Madrid desde Santander, lleno de dolores. La carta en la que cuenta su viaje a su hermano Enrique, médico de carrera, es la de un hombre muy enfermo: reducida a comer alimentos bandos, cansado, con problemas de riñón, atribulado por la necesidad de acostumbrarse a una dentadura postiza… En diciembre de ese año le reconocía a uno de sus íntimos, Antonio Rubió, sus temores: «estoy algo delicado de salud, y lo que es peor, aprensivo y preocupado contra mi costumbre, aunque los médicos aseguran que no es cosa grave lo que tengo».

En enero de 1912 respondía a una petición de Camile Pitollet confesando que la enfermedad no le permitía ya realizar ninguna actividad en la Revista de Archivos. En marzo, en una carta a uno de sus mejores amigos, Juan Estelrich, hablaba esperanzado de su recuperación, aunque el panorama que le describía no era muy alentador.

Pero la recuperación no llegó. El 2 de mayo, cuando sólo le quedaban diecisiete días de vida, un cansado Menéndez Pelayo escribió a su amigo y catedrático de la Universidad Central, Adolfo Bonilla y San Martín: «Los médicos dicen que adelanto mucho, y quisiera creerles…» Con razón no les creía. Murió el 19 de mayo de 1912, sin llegar a cumplir cincuenta y seis años, dejando una obra inmensa a la que dedicó toda su vida y que fue, hasta sus últimos días, la razón de su existencia.

Para más información sobre su vida y obra, podéis ver el siguiente documental:


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