Personajes ilustres de nuestra historia: Los últimos de Filipinas

24 04 2011

La insurrección independentista en el archipiélago filipino dio comienzo en agosto de 1896. El sentimiento separatista venía gestándose desde tiempos atrás, fundamentalmente, por la deficiente administración colonial española, agudizada por la inestabilidad política de la España de la Restauración, y por el apoyo norteamericano a dichos movimientos separatistas, encabezado por el rebelde Datto Utto.

Esta agitación independentista fue resuelta en principio por el entonces Capitán General de Filipinas en 1886, el General Terrero Perinat, pero éste no pudo evitar que algunas sociedades secretas se encargaran de canalizar el descontento hacia acciones revolucionarias.

El ejército español en Filipinas estaba compuesto en su mayoría por indígenas, excepto los mandos, que eran militares profesionales de origen español. Cuando comenzaron las deserciones, aquel ejército vio reducidas sus filas de manera alarmante, y el adversario se hizo cada vez más fuerte y peligroso.

A partir de 1890, el nacionalismo filipino fue tomando un gran auge. Los más radicales, encabezados por Andrés Bonifacio, fundaron la sociedad Katipunan, que significaba en español “Suprema y Venerable Asociación de los Hijos del Pueblo”, cuya finalidad era luchar con métodos violentos contra el dominio español. La influencia del Katipunan fue decisiva en la sublevación tagala.

Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el Capitán General Blanco telegrafió el 29 de agosto de 1896 al Ministro de la Guerra, pidiéndole mil hombres y permiso para crear un Batallón de Voluntarios.

Entre los meses de septiembre y diciembre, se extendió la insurrección sin que el General Blanco pudiera hacerla retroceder. Ante esta situación, el Gobierno de Madrid sustituyó al mando de Filipinas y lo entregó al General D. Camilo Polavieja, que tomó posesión el día 13 de diciembre de 1896.

Los éxitos y los fracasos cambiaban de mano continuamente aunque los españoles llevaban la iniciativa. Con la toma de Noveleta quedó toda la costa y caminos, desde Manila a Cavite, en poder de los españoles. Polavieja, que tenía rodeados a los rebeldes en los pueblos altos de Cavite, pidió refuerzos a Madrid. Ante la negativa de Cánovas, que no lo consideraba necesario, el general presentó la dimisión alegando problemas de salud.

Le sustituyó el General D. Fernando Primo de Rivera, que tomó el mando en abril de 1897. Nombrado por un gobierno que le había negado los refuerzos a Polavieja, tuvo que buscar nuevas fórmulas que no necesitaran refuerzos de la Península. A los pocos días de su llegada, Primo de Rivera, tras conquistar algunos pueblos de la provincia de Cavite, comenzó a aplicar lo que sería llamada la “Política de atracción”.

Tras el asesinato de Cánovas en agosto de este año, el gobierno de Sagasta confirmó a Primo de Rivera en el cargo. Por fin, a través de una serie de negociaciones, se llega al convenio conocido como la “Paz de Biacnabato”, en diciembre de 1897, que obligó a exiliarse al general filipino Emilio Aguinaldo en la colonia inglesa de Hong-Kong. Pero, en marzo de 1898, estalló la guerra entre España y EE.UU, y el 1 de mayo, Dewey, comodoro de la escuadra norteamericana, destruyó a la española en Cavite.

A partir de entonces, los norteamericanos ayudaron a los filipinos y ofrecieron al general Aguinaldo volver a Filipinas con la condición de generalísimo.

Finalmente, el gobierno español envió a Manila al General de División Diego de los Ríos, para que se hiciera cargo de los restos de la Capitanía General y resolviera la liberación de los prisioneros españoles, que alcanzaban la cifra de 9.000 personas. El general envió emisarios a Aguinaldo y le propuso una entrevista para resolver la cuestión. Pero la ruptura de hostilidades entre americanos y filipinos frenaron durante varios meses el avance de las conversaciones.

Mientras estos hechos ocurrían, se produjo el sitio de la guarnición de Baler. El 27 de junio de 1898, dió comienzo la sublevación en la zona que abarcaba la comandancia militar de Baler, situada en lo que era provincia de Nueva Écija, que comprendía parte de la costa oriental de la isla de Luzón. El contrabando de armas para la insurrección en aquellas playas provocó que el Comandante Militar, el Capitán D. Antonio López Irizarri, solicitara refuerzos, ya que la guarnición normal de Baler estaba formada por un cabo y cuatro guardias civiles. Fruto de aquellas gestiones fue la llegada de 50 hombres al mando del Teniente José Mota. Pero una noche, con motivo de la declaración de guerra entre EE.UU. y España, estando descuidado el servicio de vigilancia, fue atacado y destruido el destacamento.

En vista de ello, pasados unos meses, llegaron a Baler, en el vapor “Compañía de Filipinas”, el Capitán de Infantería Enrique de las Morenas y los Tenientes Juan Alfonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo, así como el Teniente médico provisional, Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro, con una enfermería de diez camas. Además se reintegraba a su destino el párroco del pueblo, Fray Cándido Gómez Carreño, que había estado prisionero de los tagalos, y a los que dijo que le dejaran ir a convencer a los españóles para que se rindiesen.

Saturnino Martín Cerezo

El destacamento constaba de 55 hombres pertenecientes al Batallón de Cazadores nº 2. Cuando se iniciaron los combates, eran tan numerosos los adversarios, que se hacía casi imposible el enfrentamiento. Ante esta situación, el capitán de las Morenas acordó refugiarse con su tropa en la iglesia del pueblo, edificio de más fuerte construcción, donde almacenaron víveres y municiones, y abrieron un pozo, que al principio dio resultado. Fue entonces cuando comenzó el sitio definitivo, lo que significaba que era la única resistencia española que quedaba todavía en el archipiélago filipino.

Ermita de Baler

El asedio se intensificó y también se endureció el régimen interior de la tropa a consecuencia de la actitud del Cabo González y un soldado, que protestaban y se negaban a comer carne de carabao, una especie de búfalo autóctono de Filipinas, que era utilizado como animal de arrastre, pero que también proporcionaba carne y leche.

Pronto se comprobó cómo la escasez de alimentos frescos hacían enfermar de la mortal enfermedad del beriberi, que consistía en la inflamación de los nervios periféricos. La base de la alimentación era el arroz descacarillado, debido a que el avituallamiento que realizaron antes de encerrarse en la iglesia, fue principalmente el de 4.500 kg. de “Pelay”, que era un arroz autóctono del Archipiélago.

Aunque el médico Vigil de Quiñones había conseguido construir una pequeña huerta próxima a la iglesia, plantando pimientos, tomates y calabazas silvestres, el estrago mortífero del beriberi no se hizo esperar. En pocos meses fallecieron, además de algunos soldados, el Capitán Enrique de las Morenas, el Capellán Fray Gómez Carreño y el 2º Teniente Alonso Zayas. Todos fueron enterrados en la propia iglesia.

Llegada la Navidad de 1898, se estimó conveniente celebrar la festividad. A pesar de las difíciles circunstancias en que vivían, se festejó la Nochebuena con el rezo de algunas oraciones, un improvisado concierto de villancicos, y una “opípara cena”, a base de habichuelas picadas revueltas con arroz en manteca rancia, y como postre, un plato de calabazas endulzadas y café de puchero.

A finales de año un parlamentario filipino pidió lugar y fecha para celebrar un parlamento con el jefe español. Aunque fue señalado el día y la hora, llegado el momento, nadie se presentó, convenciendo una vez más a los españoles de que eran estratagemas para debilitarles la moral.

El 14 de enero de 1899, la trompeta de los filipinos tocó a parlamento. El Teniente Martín Cerezo subió a la torre de la iglesia y observó a lo lejos un hombre portando bandera blanca. Avanzó el paisano identificándose como el Capitán español Olmedo Calvo, y asegurando traer noticias del Capitán General.

Aunque sus deseos eran entregar un documento personalmente al Capitán de las Morenas, el Teniente Martín Cerezo, que no quiso dar a conocer la muerte del Capitán, le respondió que el Capitán no podía salir y que él le entregaría el documento. A ello accedió el parlamentario. El escrito decía así: “Habiéndose firmado el Tratado de Paz entre España y los EE.UU. y habiendo sido cedida la soberanía de estas Islas a la última nación citada, se servirá Ud. evacuar la plaza, trayéndose el armamento, municiones y las arcas del tesoro, ciñéndose a las instrucciones verbales que de mi orden le dará el Capitán de Infantería D. Miguel de Olmedo Calvo. Dios guarde a Ud. muchos años. Manila, 1 de febrero de 1899. Diego de los Ríos”.

Pero dado el castigo psicológico al que se encontraba sometido el ánimo del Teniente Martín Cerezo, por el prolongado sitio, y haber sido engañado en varias ocasiones, aquel escrito le produjo más desconfianza que esperanza. En primer lugar, figuraba la frase “las arcas del tesoro”. ¿Cómo era posible que la superioridad le exigiera esa entrega, cuando tenía que saber la pobreza en la que se encontraba?. Otra duda era que el escrito no llevaba la numeración oficial de todo documento clasificado. Por último, que el parlamentario llegara de paisano siendo oficial y hubiese preguntado al Teniente si era el Capitán de las Morenas, tras haber alegado ser condiscípulo suyo en la academia. Todas estas dudas comentadas con el Teniente médico Vigil de Quiñones hicieron que Martín Cerezo no hiciera caso del documento y siguiera con la resistencia.

Tras siete meses de encierro se intensificó el agotamiento y la desesperanza, traduciéndose en alguna deserción entre los soldados. En realidad, desertaron seis españoles y dos indígenas, pudiendo evitarse otras deserciones al ser detenidos antes de que la realizaran. Los tres fueron juzgados de acuerdo con el Código de Justicia Militar, y aunque la pena que le correspondía era la de fusilamiento, el Teniente Martín Cerezo determinó encerrarlos en la habitación que correspondía al baptisterio, asegurándolos con grilletes.

Tras este amargo suceso, otro nuevo fue motivo de alegría, al comprobarse como unos carabaos, bovinos de las región, pastaban próximos a la iglesia. Pronto cazaron uno y en pocas horas estuvo incluso cocinado.

Llevaban varios meses sin comer carne, y en tres días dieron fin al bovino, no sin que la mayoría sufriera un cólico. Era lamentable el no poder conservar la carne, ante la falta de sal y en un clima tropical.

Los intentos de asalto de los filipinos eran intermitentes. El 30 de marzo de 1899, se produjo uno muy fuerte con denso fuego de fusilería e incluso algunos disparos de cañón de 75mm, que, aunque no hacían mella en los gruesos muros de la iglesia, resultaban peligrosos cuando entraba un proyectil por un hueco de ventana.

El Teniente Martín Cerezo decidió entonces utilizar uno de los cañones que encontró dentro de la iglesia. Aunque sólo era un tubo de cañón de avancarga, decidió utilizarlo. Para ello, reunió pólvora suficiente de los cartuchos de fusil y de las bengalas. Colocó el tubo en un hueco que hizo en el muro, amarrando fuertemente la culata a una de las vigas del techo. Por medio de una mecha que colocó en el oído del cañón y tras cargar la recámara con la pólvora y muchas piedras, la prendió fuego. Se produjo el disparo, pero debido al retroceso, el cañón hizo un movimiento de péndulo, rompiendo algunas tejas del techo y chocando violentamente contra el muro de la iglesia. Comprendiendo que los resultados eran poco eficaces y muchos los trastornos ocasionados, suspendió el fuego de cañón.

A los 282 días del asedio, se acabaron los últimos restos de arroz, las habichuelas y el rancio tocino, pero los heróicos defensores de Baler continuaron en sus puestos, manteniendo la resistencia al estar convencidos que defendían territorio español. En vista de ello, los sitiadores hicieron más violentos los ataques, intentando incluso incendiar la iglesia.

La actividad del Teniente médico era, por aquel entonces, increíble. Enfermo de beriberi, incluso herido, se hacía trasladar en un sillón, allí donde su presencia es necesaria para ayudar a su compañero, jefe de la posición. Vigil de Quiñones, como buen médico, intuyó lo que años más tarde serían conocidas como las vitaminas. A tal fin, instruyó al Cabo Olivares para que con 10 soldados se acercaran al campo enemigo a requisar víveres frescos. Logrado el objetivo, ello permitió mejorar a los enfermos del beriberi al menos por algunos días.

Cierta mañana, los sitiados escucharon cañonazos al Oeste de su posición, haciéndoles pensar en la llegada de socorro. Por la noche un potente reflector les busca. La alegría invadió el corazón de todos.

A la mañana siguiente percibieron un intenso tiroteo sobre la playa, pero al llegar la noche, el reflector dejó de alumbrar y el buque desde donde emitía el reflector, se alejó definitivamente.

El desconcierto y el desánimo invadió a los sitiados, teniendo que actuar el Teniente Martín Cerezo con grandes dotes oratorias para elevarles el ánimo. Lo ocurrido fue lo siguiente: El buque de guerra americano Yorktown llegó a la playa con la intención de rescatar a los españoles, pues entonces también ellos eran enemigos de los filipinos al establecerse la Paz de París entre España y los EE. UU. La tropa americana desembarcada, fue copada por tropas tagalas, que parapetadas en la selva dominaban la playa. El desastre fue total. El oficial que los mandaba y 15 marines fueron muertos, obligando al resto a retirarse, alejándose el buque y dejando abandonados a los esperanzados españoles.

A partir de entonces, los tagalos decidieron atacar la iglesia diariamente para agotar a los sitiados. Pero no era el ejército tagalo el que podría rendirlos, sino la falta de alimentos. La hambruna era tan grande, que toda hierba, ratas, caracoles o pájaros que estaban a su alcance, por repugnante que fueran, eran comidos por aquellos valientes.

A finales de mayo del 99, persistiendo los ataques, los filipinos llegan hasta las mismas paredes de la iglesia, siendo rechazados en un cuerpo a cuerpo, dejando el enemigo 17 muertos y logrando algunos heridos regresar a sus posiciones. Los continuos ataques, cada vez mejor organizados, pretendían acabar definitivamente con el punto de resistencia español.

Pero un nuevo parlamentario llegó hasta la iglesia, que se identificó como el Teniente Coronel Aguilar Castañeda, perteneciente al E.M. del General de los Ríos. Pequeños detalles hicieron dudar a Martín Cerezo de la autenticidad del nuevo parlamentario: su raro uniforme, sus pocos expresivos documentos de acreditación; e incluso el barco que, visible en la ensenada, aseguraban era para repatriarlos, pensaron, o creyeron ver, era un lanchón tagalo enmascarado como un barco real. Ciertamente, los aparatos de observación que poseían no eran de gran calidad y para Martín Cerezo era increíble que España hubiese abandonado Filipinas como insistentemente le decían. Esto era el factor base de su incredulidad.

Rechazados los argumentos del Teniente Coronel Aguilar, el jefe, perplejo y aburrido, hubo de retirarse sin antes decirle al Teniente: “¡Pero hombre! ¿Qué tengo que hacer para que Vd. me crea, espera que venga el General Ríos en persona?” A ello le contestó el Teniente: “Si viniera, entonces sí que obedecería las órdenes”.

Tras once meses de férreo sitio sin prácticamente nada que comer, el Teniente Martín Cerezo, organizó una salida nocturna que acercándolos a la costa, les permitiera montar un punto fuerte en espera del paso de algún buque en dirección a Manila; cuando todo estaba dispuesto, al releer los periódicos que le dejó el Teniente Coronel Aguilar, encontró una noticia que le dejó perplejo, y a la que sólo podía tener acceso él. La nota decía que su amigo y compañero el Teniente Francisco Díaz Navarro pasaba destinado a Málaga a petición propia. Esta noticia se la había contado en secreto el propio Díaz Navarro. Según se expresaría el mismo Martín Cerezo, “Aquella noticia fue como un rayo de luz que lo iluminara de súbito”. Entonces reunió a la tropa, les relató cuál era realmente la situación y les propuso una retirada honrosa, sin pérdida de la dignidad y del honor depositado en ellos por España.

Los heroicos defensores, como tropa bien disciplinada, le dijeron a su Teniente que hiciera lo que mejor le pareciera. Ante el asombro de los filipinos, vieron izar en la iglesia la bandera blanca y oír el toque de llamada. Seguidamente, hizo acto de presencia el Teniente Coronel jefe de las fuerzas sitiadoras, Simón Tersón, que escuchó a Martín Cerezo y le respondió que formulase por escrito su propuesta, añadiéndole, que podrían salir conservando sus armas hasta el límite de su jurisdicción, y luego renunciarían a ellas para evitar malos entendidos.

El escrito que entregó el Teniente Martín Cerezo decía: “En Baler a 2 de junio de 1899, reunidos jefes y oficiales españoles y filipinos, transigieron en las siguientes condiciones: Primera: Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes. Segunda: los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también de los equipos de guerra y demás efectos del gobierno español; Tercera: La fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españoles o lugar seguro para poderse incorporar a ellas; Cuarta: Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a personas”.

Y así, honorablemente, dio fin tras 337 días de asedio el “Sitio de Baler”. Una vez arriada la bandera, el corneta tocó atención y los soldados se aprestaron a abandonar su reducto. Los Tenientes Martín Cerezo y Vigil de Quiñones, enarbolando la Bandera Española, encabezaban una formación de soldados agotados, que de tres en fondo, y con armas sobre el hombro, abandonaban el último solar español en el Pacífico, desde marzo de 1521. Les hicieron pasillo soldados filipinos en posición de firmes.

Una vez que los últimos de Baler se hubieron repuesto del tremendo agotamiento y con la ayuda de los filipinos, que cumplieron fielmente su compromiso, el Teniente Martín Cerezo y sus hombres hicieron el largo viaje en dirección a Manila, atravesando poblados y lugares tan conocidos como San José de Casiñán y San Fernando.

Durante el viaje, al pasar por Tarlak, cuartel general del Presidente filipino, este acogió a los españoles ofreciéndoles obsequios y alojamiento. Lo que más agradeció Martín Cerezo del Presidente Emilio Aguinaldo, fue la entrega de un periódico en el que se publicaba un elogioso relato de los españoles y el Decreto, en un artículo único que decía:

“Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, la constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido; a propuesta de mi secretario de Guerra, y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos; y en su consecuencia, se les proveerá, por la Capitanía General, de los pases necesarios para que puedan regresar a su país”.

En Manila, la comisión española encargada de recibirlos, los alojó en el Palacio de Santa Potenciana, antigua Capitanía General. La colonia española los colmó de homenajes y regalos. En una de las recepciones, el Teniente Martín Cerezo recibió el abrazo del Teniente Coronel Aguilar que en son de broma le dijo: “Y ahora, ¿me reconoce Ud.?”. A lo que contestó el teniente “Si, señor. Y más me hubiera valido haberlo hecho entonces”.

Por fin, el 29 de julio del 99 embarcaron en el vapor “Alicante” camino de España, llegando a Barcelona el 1 de septiembre, siendo recibidos por las autoridades civiles y militares. Los llamados “Los últimos de Filipinas” lo formaban 1 Teniente de Infantería, 1 Teniente médico, 2 Cabos, 1 Trompeta y 28 soldados.


Los supervivientes procedían prácticamente de todas las regiones del país: El Capitán De las Morenas, de Chiclana (Cádiz); el Teniente Martín Cerezo, de Miajada (Cáceres); Alonso Zayas, de Puerto Rico y el Teniente médico Vigil de Quiñones era de Marbella (Málaga). El personal de tropa se distribuía entre pueblos de Canarias, Murcia, Sevilla, Castellón, Valencia y Lérida, con dos soldados cada una, y con un solo soldado las provincias de Albacete, Zaragoza, Málaga, Orense, Mallorca, Palencia, Ávila, Granada, Castellón, Jaén, Barcelona, Huelva, Coruña, Teruel, Salamanca, Gerona, Guadalajara, Cuenca, Burgos y Lugo.

En 1945 se realizó una película sobre el sitio de Baler, dirigida por Antonio Román e interpretada por Armando Calvo, José Nieto y Fernando Rey. Su título era “Los últimos de Filipinas”. Se trata de una película que, 65 años después de su estreno, no ha envejecido nada y sigue teniendo el mismo pulso narrativo que los grandes clásicos del cine de guerra, como “Beau Geste”, “Gunga Din” y “Objetivo Birmania”. Disfrutad de su visión. No os arrepentiréis.

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