Personajes ilustres de nuestra historia: Braulio Foz

22 04 2011

Escritor y periodista aragonés, nacido en Fórnoles (Teruel) en 1791 y fallecido en Borja (Zaragoza) en 1865. Braulio Foz cursó sus primeros estudios en Calanda y, en 1807, aparece matriculado en la Universidad de Huesca.

Allí, como otros muchos compañeros, tomó las armas contra la invasión francesa y, tras distinguirse en la acción de Tamarite, fue preso en el sitio de Lérida y conducido a Francia. Era su primera estancia allí, que parece haber aprovechado -según propio testimonio- para completar estudios y ejercer el profesorado.

Acabada la guerra, vuelve a Huesca y entre 1814 y 1816 dicta la cátedra de Latinidad en la agonizante Universidad Sertoriana. Tras una larga residencia en Cantavieja, en 1822 es catedrático de Griego en la de Zaragoza, aunque el final del Trienio Constitucional en 1823 lo lleva de nuevo a Francia, ahora como exiliado durante doce años, hasta después de la muerte de Fernando VII.

A su regreso, se reintegra a la docencia y en 1838 funda El Eco de Aragón, periódico liberal, que redacta casi en exclusiva y que habla elocuentemente de sus convicciones.

Ocupa el decanato de la Facultad de Letras zaragozana (antes hubo de obtener el grado, como prescribían los decretos ministeriales que acabaron con la libertad universitaria en que siempre se movió Foz) el año de 1861, dos antes de su jubilación y cuatro antes de su muerte.

Es autor de más de medio centenar de libros sobre temas variados. Entre éstos cabe destacar, Plan y método para la enseñanza de las letras humanas (1820), Arte latino sencillo, fácil y seguro (1842), Literatura griega (1849) y Método para enseñar la lengua griega (1857). Corrigió y aumento el libro de la Historia de Aragón de Antonio Sas, al que añadió un quinto tomo, Del Gobierno y Fueros de Aragón (1850). Dedicó sus últimos años a investigar sobre la religión, siempre desde un punto de vista racionalista y anticlerical, Cartas de un filósofo sobre el hecho fundamental de la religión (1858), Reflexiones a M. Renán (1853) y Los franciscanos y el Evangelio (1864).

También fue autor de cinco comedias, de las que conservamos los manuscritos: Quince horas de un liberal de 1823 (en prosa y verso), La palabra de un padre (en prosa) y una trilogía sobre la homeopatía, El homeópata fingido, Los homeópatas de provincias y La derrota de la homeopatía, todas ellas en prosa.

Esto, más algunos versos de circunstancias, sería toda la obra de Foz (destinada por sus méritos a un benévolo olvido), si no hubiera publicado en 1844 su Vida de Pedro Saputo, natural de Almudévar, hijo de mujer, ojos de vista clara y padre de la agudeza. Sabia Naturaleza su maestra, impresa por Roque Gallifa. Por la habilidad y el gracejo de su estilo, por la creación de un personaje lleno de vitalidad y humanismo, esta novela es la más importante de la narrativa aragonesa en el siglo XIX y una de las obras más originales de la literatura española de la primera mitad de dicho siglo.

Es sabido que el origen de Pedro Saputo se halla en un personaje folclórico, héroe de refranes y anécdotas que se recogen ya a fines del XVI y que Foz pudo oír de viva voz en sus largas estancias oscenses. Pero, evidentemente, para la novela de 1844 eso es solamente un punto de partida. Aunque publicada en plena época romántica, poco de esa escuela tiene el autor que abomina explícitamente del adjetivo «pintoresco» tan usado por aquélla y que -en pleno momento del relato histórico- excluye cualquier datación temporal y aun ambiental de una novela que se pretende intemporal: no sabemos, siquiera, quién es el virrey de Zaragoza (rasgo que apuntaría al XVI o XVII, aunque sea muy poco exacto) al que visita al final, ni el rey que desea verlo en Madrid.

Foz había leído muy bien las novelas del Siglo de Oro y, particularmente, a Cervantes: su desenvoltura narrativa, su tono de ironía, sus reflexiones como narrador, se atienen a esa progenie, como su ideología -la idea algo estoica de la vida («siempre llevaba consigo el Manual de Epicteto»), el concepto de Naturaleza como espontaneidad, sus críticas anticlericales y sus rasgos epicúreos- parecen también cervantinos, pero mitigados por el espíritu laico y burgués, socarrón y crítico, de un siglo XVIII que sigue estando presente en su obra, a mediados del XIX.

La Vida de Pedro Saputo se divide en cuatro libros, con cincuenta y cuatro breves capítulos en total. Se narra como la crónica de un personaje ya muy conocido y de ahí que su andadura tenga a veces un aire temático (según las virtudes y habilidades del protagonista) que, sin embargo, se superpone a un relato de viaje -técnica que es la del Quijote, más que la de la novela picaresca-: un viaje que recorre -y aquí la precisión toponímica y descriptiva es extrema- todo el Somontano oscense. Pocas aventuras son estrictamente originales, pero todas deliciosas: la entrada en el convento de monjas disfrazado de mujer (y el enamoramiento de dos novicias) fue utilizada por Sender en El verdugo afable; el milagro de Alcolea, el cuento de la justicia de Almudévar o el pleito del sol tienen un antiguo linaje, lo mismo que el registro de novias y novios, calcado de otros de la literatura del Siglo de Oro español.

El secreto del arte de Foz reside, pues, en la atractiva mezcla de elementos diversos, que sabe mezclar con rasgos de observación más «novelescos»: la relación con la madre, el amor por Morfina…, que dan a ese personaje, divertido pero algo irreal, una dimensión más humana. Y un secreto no menor es la perfecta adecuación de un lenguaje de resonancias clásicas que sabe salpicar de modismos aragoneses que convierten la novela en un filón para el lingüista (Sender utilizó en el Réquiem por un campesino español una ringlera de insultos que allí pone en boca de una vieja y que proceden de un paso de la novela de Foz), y otro no menor para quien estudie la imagen que los aragoneses han tenido de sí mismos (abundan, en efecto, las caracterizaciones morales de pueblos concretos).

La lectura de esta obra de Braulio Foz es absolutamente recomendable:

Vida de Pedro Saputo


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